Desentierros

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He aquí algunos textos de la recopilación titulada “Desentierros”.

 

SIEMPRE IGUAL

Hace calor. En este pueblo siempre hace calor, piensa Borja. Y como cada mañana Borja Jiménez se presenta en el Ayuntamiento, a la misma hora. Él está ahí, con su bolsa de palas al hombro. Recoge las instrucciones del día y camina hasta el lugar indicado. Ya sabe las medidas de cada hoyo. Borja cava agujeros. Agujeros cuadrados, circulares, rectangulares. Siempre en ese orden. Siempre en lugares distintos. Así fue dispuesto. Penetra la tierra a golpe de pala. Pala de punta y pala chata. Borja siembra la tierra con su sudor. ¿Por qué no serán todos iguales?, piensa. Pero no le pagan por pensar sino por vaciar el suelo de tierra. De noche, alguien los cubre, los llena. Él lo sabe. Aunque eso, ya no es cosa suya.

Hoy toca cavar frente a la Iglesia. Es un terreno pelado. Vacío. Hoy también tiene público, más que otras veces. Siempre hay alguien que lo mira trabajar. Siempre hay uno que controla. Borja trabaja en silencio. Así se lo ordenaron. Nadie le dirige la palabra. Él no sabe por qué.

Le da lo mismo. Cava para comer y el Ayuntamiento paga puntualmente al final de cada jornada. Ellos saben lo que deben pagar.  Siempre pagan, piensa Borja. Eso fue lo convenido entre Borja Jiménez y el Ayuntamiento. Aquel día, cuando ellos le preguntaron su oficio el respondió: Hago pozos. Y se quedó ahí, parado, en silencio, con la gorra en la mano. Esperando una respuesta que no  tardó en llegar.

DESNACIENDO

Sucedió muy deprisa. Tan deprisa, que cuando quise compartir la experiencia comprendí que había mudado naturaleza.

TODOS TIENEN SU PRECIO

El asedio avanza y el calor abraza. Quema la voluntad y marea la mente. Los defensores de la  ciudad se  repliegan. Defienden el único pozo no contaminado en kilómetros. Sus vidas valen un sorbo de agua.

BESO FURTIVO

Las dejaron solas en la clase. Olvidadas o abandonadas, eso era lo de menos. Ellas se morían de ganas de tocarse, aunque más no fuera por un instante. Siempre juntas. Una frente a la otra, satisfaciendo las expectativas de los demás. No se habían animado a pasar los límites por temor a provocar un escándalo académico. Tenían miedo de confundir a los alumnos y por eso contenían sus impulsos. Sin embargo, aquella tarde, aprovecharon  la ventana abierta para entregarse a esas irrefrenables ganas de probar. Se escaparon dejándose conducir por el viento que las perdió en el rincón  de una calle sin salida. Fue ahí, lejos de las miradas de profesores y alumnos, que las paralelas se dieron un beso desafiando su razón de ser. Un beso furtivo que duro apenas un parpadeo.