La Sombra del Caballero

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Estos son los cuentos de la obra “De Sombras, Brujas y Punto”

LA SOMBRA DEL CABALLERO

Los Rocafuerte eran una familia de guerreros empedernidos, peleadores como pocos y caprichosos a más no poder. Tal es así que durante centenares de años no hicieron otra cosa que guerrear contra todos y todo lo que encontraban a su paso. Gobernaban con el corazón de piedra.  

Cuenta la leyenda transmitida de sombras de padres a sombras de hijos, que fue  Don Rogelio Rocafuerte, Barón de las Altas Cumbres, quien cambió el destino de su pueblo. Como todos los soberanos de aquel milenario reino, nuestro caballero era un guerrero valiente aunque feroz y despiadado. Pesaría unos ciento veinte kilos y mediría algo así como dos metros veinte. ¡Pedazo de hombre! Sin embargo, un buen día  sucedió algo inesperado que lo llevó a recluirse en su castillo.

 Resulta que en la batalla de los Dos Soles había sido brutalmente herido en la pierna izquierda. El enfrentamiento, que parecía no tener fin, llenó de gloria a nuestro caballero, que a pesar de su tamaño, era ágil como una pantera y certero como una cobra. Pero al regresar a su castillo se encerró en la torre más alta  y, despatarrado en su cama, no hacía más que lamentarse día y noche.

Ustedes dirán: No es para menos, con semejante herida. Pues no, se equivocan, en realidad el caballero no se lamentaba por el dolor de su pierna sino por el de su  corazón. ¡Se había enamorado! Si señor, y nada menos que de la princesa Alma.

Las cosas sucedieron así: bastó una sola mirada intensa y profunda de aquellos ojos color topacio y una sonrisa atrevida, para que el osado guerrero cayera en el hechizo, incluso a riesgo de perder la vida. Este encuentro fugaz en medio del fragor de la batalla dejó a Don Rogelio  con el corazón que se le escapaba del pecho. Algo que jamás de los jamases había sucedido en la familia Rocafuerte, quienes se casaban por interés y no por amor, un amor no correspondido, como en este caso. Digamos que la Princesa pasó olímpicamente de él ignorándolo por completo.

Dale que dale seguían los lamentos y, mientras nuestro señor languidecía, poniéndose cada vez más flaco y más triste, el castillo se llenaba de hechiceros y astrónomos venidos de los rincones más lejanos del reino empeñados en encontrar una cura a tanto sufrimiento.

Lo llenaron de pociones y brebajes y el pobre hombre no sólo no se curaba sino que empeoraba con el pasar de los días, cambiando de color y de aspecto. Nadie podía imaginar que un caballero tan duro y machazo como él tuviera el corazón hecho polvo.

En fin, quien no pudo soportar más el lloriqueo fue su sombra,  quien a plena luz del día y cuando el sol se encontraba en lo más alto del cielo,  ayudaba codo a codo a su señor a combatir al enemigo.

Fue así como una noche tormentosa de cielo oscuro, en que las familias compartían historias del día y una rica sopa de lentejas  alrededor del fogón mientras los animales descansaban en el establo, la sombra, harta de tantos suspiros y moqueos, decidió -a pesar de la lluvia y por primera vez en su vida-, separarse de su dueño y marchar a la búsqueda de la famosa Princesa.

Si algo no le faltó a nuestra amiga fue determinación y coraje. ¡Pedazo de Sombra!

Mientras ceñía su espada de sombra al cinto y se calzaba las botas -en realidad la sombra de las botas-, pensaba: Algo podré hacer para que este buen hombre deje de sufrir y de lamentarse todo el santo día.  Además como no quiere usar pañuelos, porque dice que es de caballeros finolis, está meta que dale a soplarse los mocos con la camisa. ¡Qué asco! En fin, tengo que hacer algo urgente para ayudarlo antes que llegue el invierno y se me resfríe en serio. No vaya a ser que se me muera de una gripe. Luego miró a su alrededor y, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció sin más, sin siquiera despedirse de Don Rogelio. ¡El pobre estaba tan embotado que no se dio cuenta de que la perdía! ¡Pobre Don Rogelio, sin Sombra y sin Alma!

Aprovechando el cielo oscuro que la hacía invisible y el viento de cola que le daba  gran impulso, la sombra se desplazó a toda velocidad con sus pies apenas despegados de la  tierra, flotando sobre la hierba como esos barriletes que no se animan a levantar vuelo.  Atravesó bosques frondosos sin sufrir el menor rasguño, escaló montañas sin realizar el menor esfuerzo y cruzó ríos y arroyos sin mojarse siquiera la sombra de la suela de sus botas.  ¡Privilegio de Sombra!

Tan sólo una noche le bastó a nuestra intrépida amiga para llegar a las murallas de la ciudad. Y, confundiéndose con sombras ajenas que estaban de paso y la mantenían a buen reparo de miradas curiosas, se transportó de sombra en sombra lo más disimuladamente posible hasta llegar a las  puertas del Palacio donde vivía la Princesa Alma. Hay que tener en cuenta que la mayoría de las sombras siempre están dispuestas a darse una mano entre ellas. Por eso es bastante frecuente ver sombras con dos cabezas, cuatro brazos, o sombras flacas como espárragos que de repente se vuelven gordas.

Una vez que nuestra amiga llegó a las puertas del Palacio le dio miedo seguir adelante. En realidad, y vaya a saber que asombrosos motivos tendría, no confiaba en las sombras que podía encontrar allí dentro, así que decidió esperar la llegada de la oscuridad escondida dentro de una  tinaja de vino.

A media noche en punto y un poquito mareada después de pasarse toda la tarde haciendo la plancha sobre cincuenta litros de vino tinto, bajo un cielo estrellado de luna redonda y encendida que iluminaba muros, rincones y recovecos, se precipitó al interior de la fortaleza. Asombrada pudo ver su  reflejo en aquellas paredes ricamente decoradas  y se entretuvo dibujando en las bóvedas  figuras de sombras; fue pájaro de alas abiertas, bruja encorvada, jarrón narigudo y, disparada desde una baranda, flecha que vuela hacia el blanco. Finalmente, cansada de sombrear paredes hizo tres cabriolas y un tirabuzón y siguió con su periplo.

Aquel Palacio parecía un verdadero laberinto, con patios y más patios, fuentes y más fuentes,  y enormes palmeras que el  viento disfrutaba sacudiendo de un lado para el otro cual plumeros presurosos por quitar el polvo antes de una gran fiesta. Después de muchas vueltas y más de un papelón, ya que sin pedir permiso ni golpear la puerta entró en todas las habitaciones que encontró a su paso simplemente escurriéndose por debajo, llegó finalmente a la alcoba que estaba buscando.

– Psss, Majestad, digo Princesa –farfulló la sombra sin obtener respuesta alguna y sin darse cuenta de que las palabras de una sombra son sólo sombras de palabras-. Disculpad que os moleste a estas altas horas de la noche, pero yo quisiera hablar con Vos unos minutos -insistió sin obtener resultado alguno. La Princesa seguía durmiendo plácidamente, sin llevarle el apunte.

Sin embargo, algo insólito ocurrió. Cuando la sombra ya se había cansado de insistir y estaba por marcharse esperando una mejor oportunidad para hablar con Alma, una sinuosa y bellísima sombra se  incorporó en la cama. Como se imaginarán  no podía ser otra  que la sombra de la Princesa, porque los fantasmas son blancos como las nubes.  Era la sombra más hermosa que ustedes se puedan imaginar, seguramente tan hermosa como su dueña.

Ante semejante aparición, la Sombra del Caballero, cuyo aspecto a esta altura del viaje y después de una noche de insomnio dejaba mucho que desear, quedó instantánea y perdidamente enamorada. Lo que vulgarmente se conoce como un flechazo a primera vista y esta vez sí, con total certeza, el amor fue correspondido. La caballeresca sombra olvidó casi por completo el motivo de su viaje y le juró amor eterno a la  sombra principesca.

No sé si sabrán que las sombras no pueden vivir más de tres días sin acompañar a sus dueños porque, si esto ocurre, se desvanecen en el aire como la bruma del mar y dueño y sombra dejan de existir como por arte de magia. Sin embargo, y aún sabiendo que el riesgo era grande, esa misma noche las sombras enamoradas se pusieron de acuerdo para no separarse nunca jamás. Tengan en cuenta que, si descontamos el día de viaje que la sombra del caballero llevaba separada de su dueño sólo le quedaban  cuarenta y ocho horas para arreglar el entuerto.  Entonces, la sombra de la princesa no perdió tiempo y la invitó a apoyar sus manos de sombra sobre la frente de la joven, que empezó a soñar con Don Rogelio y siguió soñando con él  toda la noche, y cuando abrió los ojos al día siguiente estaba profundamente enamorada del caballero soñado. Y como era una Princesa muy decidida e independiente, tomó prestados unos caballos de su padre y partió rumbo al castillo de Don Rogelio. Bueno, en realidad, se hizo acompañar por un séquito que no pasó desapercibido: doscientas damas de compañía que se transportaban en carrozas tiradas por cebras, cuarenta y tres camellos con carga, veinte elefantes importados del Congo y ocho leones mansos  sin correa, catorce cocineros, cinco guías exploradores y ocho médicos; todos ellos con sus respectivos equipajes y utensilios.

Ahora bien, como ésta es la historia de una sombra y no de su dueño, vamos al final que le contó a mi sombra la sombra de otras sombras.

Los cuatro terminaron viviendo juntos, felices y contentos como no podía ser de otra manera. Eso sí, todas las primaveras emprendían un largo y fatigoso viaje para ir a pasar el verano al castillo que Don Rogelio, en agradecimiento a su sombra,  había comprado en el norte de Suecia.

¿Y por qué justamente en Suecia?  Porque en aquel país, durante el verano, el sol tarda mucho en esconderse y los días son largos, muy largos. Y, claro está, ninguna sombra se resiste a semejante tentación.

Desde entonces, nuestra amiga aprovecha para organizar en el castillo el Gran Baile de las Sombras Largas. Un baile sumamente especial y divertido ya que, mientras los dueños de casa -Don Rogelio y su esposa Alma- junto con los invitados y a reparo de la luz exterior cual si se tratase de vampiros, se dan a la charla, a la buena mesa y al reposo, sus sombras se sienten completamente libres de bailar entre torres y almenas, patios y jardines,  aprovechando hasta el último rayo de sol.

LA BRUJA PIRUJA

La Bruja Piruja vivía en un bosque muy cerca del castillo de las cinco torres, junto a su hermanastra Cornelia. En aquel entonces, aquella foresta era conocida como el Bosque Oscuro

Este Bosque de puntiagudos pinos y copudos robles, que estaba hecho un desastre, tuvo su época de gloria. En él se celebraron torneos de caballeros, fiestas campestres e incluso se usó para ambientar un cuento de terror. Pero, cuando llegó a mi cuento, el pobre bosque ya había pasado por  dos incendios devastadores de los que le había costado mucho recuperarse, uno de ellos provocado por un dragón con un hipo espantoso que cada vez que hacía hip eructaba lenguas de fuego. Lo cierto es que, después de aquella catástrofe ecológico-literaria, la mayoría de los  árboles  del bosque quedaron con una terrible alergia al humo. ¡Todo un problema! Si señor. Les bastaba percibir el olor de un cigarrillo encendido para comenzar a estornudar como locos zamarreando sus ramas de aquí para allá. Parecían marionetas gigantes fuera de control.

Como era de esperarse, esta leñosa extravagancia –más que justificada por lo peligroso que es hacer fuego en el bosque- no hacía más que desarreglar los cuentos y volver chiflados a los autores.  Por ese motivo, nuestro  bosque recibió la visita de una Comisión de Biólogos y Botánicos que diagnosticó: ¡Tos psicológica! Nada grave. Según los expertos y, en este caso en particular, era solo una cuestión de paciencia para que los árboles superaran el trance. No obstante,  recomendaron a los autores que, a partir de ese momento, no utilizaran ese bosque como escenario de cuentos con personajes fumadores, excursionistas, pirómanos, distribuidores de hielo seco, repartidores de gas en garrafa y toda otra persona, animal o máquina que pudiera producir o estar en contacto con el humo en cualquiera de sus formas, densidades,  colores y olores. En definitiva, había que evitar el humo a toda costa.

Y ahora volvamos a nuestras brujas. Piruja era una bruja buena y amable, aunque un tanto inexperta, que disfrutaba preparando pociones mágicas para ayudar  a los habitantes del bosque cuando tenían problemas. ¡Y vaya si los tenían! Lo de inexperta viene al caso pues en sus últimos cuentos había hecho de hada madrina, papel con el cual  se sentía muy a gusto especialmente cuando usaba la varita mágica. Claro, no es lo mismo utilizarla para ayudar a niños y doncellas que a animales y plantas. Motivos de queja no le faltaron a Piruja para trabajar en nuestro bosque de segunda mano. Resulta que la varita de bruja no es tan sencilla de usar como la de hada y, efectivamente, a nuestra bruja buena le llevó unos cuantos días acostumbrarse a utilizarla. Es que las brujas con tal de pasar disimuladas para que no las saquen corriendo suelen utilizar como varita los objetos más extraños que se puedan imaginar: lápices grandotes de esos que se venden como recuerdo en los museos, ramas de árboles de cualquier tipo o especie generalmente bastante retorcidas,  cucharones  de madera medio quemados, incluso bastones de gnomos. Lógico, recurren a cualquier pedazo de madera vieja que encuentran por ahí tirado con tal de disimular.  Además, Piruja hablaba bastante mal el idioma de las brujas del bosque, muy  diferente del que utilizan las brujas de ciudad o de montaña. En fin, a esta altura del cuento ya no hay nada que hacer. Lo lamento por Piruja, pero hubiera leído mejor su contrato de bruja buena antes de firmarlo.

En cambio, su hermanastra Cornelia que era terriblemente mala, endiabladamente bruja, y asquerosamente fea, se pasaba el día entero haciendo maldades por pura diversión. Con sus brujerías transformó el  maravilloso bosque, que después de algunos cuentos había comenzado a recuperar su antiguo esplendor, en un lugar oscuro y tenebroso. Tétrico, es la palabra. Las flores quedaron convertidas en piedras negras y puntiagudas, el lago en un inmundo y mal oliente pantano, los árboles fueron despojados de sus verdes hojas. Y como si eso fuera poco invocó a las tinieblas y fantasmas de corazón negro para que no dejaran entrar la luz del sol. Tan espantoso se volvió aquel lugar que los pájaros decidieron emigrar por miedo a ser transformados en culebras, mientras el resto de los animales vivía aterrorizado sin animarse a salir de sus cuevas. Tenían tanto susto los pobres que encargaban la comida a domicilio para no salir a buscarla fuera de la madriguera.

De esta forma, y mientras su hermanastra no paraba de hacer maldades, la pobre Piruja se esforzaba por ayudar a las flores a recuperar el perfume y los colores, y a los árboles su verde manto de hojas. Claro que, por temor a ser descubierta por Cornelia, nuestra bruja buena preparaba sus pociones escondida en el sótano de la cabaña mientras la bruja mala dormía a pata suelta colgada de una viga del techo, como los murciélagos. Fue así que Piruja, después de mucho esfuerzo y más trabajo, logró recuperar un rinconcito apartado del bosque devolviendo a unos pocos árboles, flores y plantas sus formas, colores y olores verdaderos. Los animales estaban tan contentos y agradecidos que se reunían diariamente en ese bellísimo rincón para disfrutar de la naturaleza, lamentarse de su desgracia y cantarle el feliz cumpleaños a Piruja; es que no conocían otra canción más linda y halagadora que ésa.

Pero un buen día, Piruja fue descubierta por su hermanastra que la hipnotizó encerrándola bajo cuatro llaves y veinticinco candados para que no pudiera seguir con su tarea. Sin su intervención, en un abrir y cerrar de ojos, aquel pedacito del bosque quedó nuevamente sumergido en las tinieblas.

Pasaron los meses, pasó el invierno, y llegó la primavera. Con la estación de las flores, apareció el  propietario del castillo que llevaba años deshabitado. Orlando que así se llamaba el señor de esas tierras, era Príncipe y regresaba a sus dominios luego de una larga convalecencia en la ciudad, ansioso por tomar contacto nuevamente con la naturaleza. Durante su enfermedad  había soñado con volver a sentir el perfume y  la magia  de aquel maravilloso bosque. Amaba la naturaleza y disfrutaba de largas cabalgatas que a veces lo entretenían varios días sin regresar al castillo. Pero este noble señor era un tanto estrafalario: montaba al revés o sea  mirando hacia el culo del caballo… Y sí, el príncipe disfrutaba más de lo que dejaba atrás el camino que de lo que estaba por venir. Por eso, menuda sorpresa se llevó el principesco corcel, que ciertamente encabezaba la marcha, cuando se  encontró con el paisaje desolador del Bosque Oscuro. Sus demás colegas equinos también se asustaron y no hubo forma de dominarlos. Y luego de intercambiar algunos relinchos, dar coces al aire y corcovear cual endemoniados,  emprendieron la retirada huyendo despavoridos y dejando de a pie hasta el último de los jinetes. Los árboles desnudos y oscuros del bosque parecían un ejército de fantasmas amenazadores.

Después de una larguísima caminata de regreso al castillo, el  pobre Príncipe Orlando se tuvo que aplicar una cataplasma de babosas para bajar la hinchazón de sus pies que parecían dos melones maduros y bien grandotes como los de Villaconejo. Al día siguiente, cuando le contaron lo que la malvada Cornelia había hecho con  el hermoso bosque el  Príncipe enfureció. Se puso  como una serpiente cuando un elefante le pisa la cola y ofreció una recompensa de cien monedas de oro a quien capturara, antes de la próxima luna llena, a la bruja desconsiderada que no respetaba la naturaleza.

Tentados por la generosa oferta partieron a la caza de la endiablada: soldados, pajes, campesinos, cocineros, herreros y un par de personajes ambiciosos que andaban a la búsqueda de un autor que los incluyera en su cuento.  En menos de lo que canta un gallo,.que en aquel país cantaban cuantas veces se les pasaba por el pico, la muy arpía fue a parar a las mazmorras del castillo, encerrada sin varita, sin escoba y con la boca bien tapada para evitar que siguiera invocando conjuros y haciendo maldades.

Pero, como el soberano ansiaba recuperar su bosque, decidió darle a Cornelia una oportunidad.

-Señora mía, tiene dos días de plazo para dejar el bosque libre de todo hechizo y conjuro. Hasta la más pequeña de las flores debe renacer. En caso contrario, le ordenaré a nuestra Gran Maga que la transforme en un pequeño e indefenso gusano y ya veremos cómo se las arregla para sobrevivir en nuestro gallinero –advirtió el Príncipe apuntándole con el dedo índice, mientras fruncía el ceño  y ponía boca de horror, ojos de espanto y nariz de disgusto de sólo pensarlo.

Cornelia empalideció ante la posibilidad de terminar en la panza de las hambrientas gallinas del castillo. En realidad, estos eran unos gallináceos bastante voraces ya que en cuentos anteriores habían hecho de buitres carroñeros.

Sin perder un minuto, y custodiada por un gran número de soldados, partió Cornelia rumbo al bosque para ver cómo podía resolver el daño que había causado a la naturaleza. Entonces, probó y requeteprobó con cuanto hechizo conocía, se vistió de hada, se volvió amable y dulce como un chupetín e incluso cantó: ¡Que llueva! ¡Que llueva! La vieja está en la cueva, los pajaritos cantan… y todo lo demás. Sin embargo nada pudo hacer, todo seguía igual. La desolación superaba la buena voluntad y el arrepentimiento de Cornelia. Un verdadero fracaso. Un esfuerzo inútil, tan inútil como un guante de boxeador para rascarse la espalda.

Pasaron las horas… ¡Cómo pasaron!… y Cornelia no podía disimular sus nervios ante la atenta mirada de los soldados que no le quitaban los ojos de encima.

Fue entonces, que dejó de lado su orgullo y decidió recurrir a Piruja. Sin lugar a dudas, pensó, ella es la única capaz de salvar el bosque.

Piruja llevaba meses encerrada en el sótano de la cabaña, alimentándose con una dieta que mejor no se las cuento para que no se impresionen. Cuando los soldados la encontraron la pobre estaba muerta de hambre y de frío.  Ante semejante situación sin perder un minuto la llevaron al castillo; debía darse un buen baño y  recobrar fuerzas.

Después de un largo y perfumado baño, Piruja hizo su ingreso en la Sala Real. Sus ojos verdes y su pelo rubión enloquecieron a Orlando. ¡Qué hermosa es!, pensó el príncipe y posó la mano izquierda sobre la derecha, y ambas sobre el pecho (ademán que hacen siempre y todos los recién enamorados, especialmente cuando se trata de personajes tan dotados para la interpretación como era el caso de nuestro Príncipe).

Evidentemente, nuestra improvisada bruja prefería el oficio de hada cuyo papel se sabía a las mil maravillas. Y así, con desenvoltura, logró recuperar hasta la última flor del bosque. El Príncipe Orlando, perdido de amor por ella, le pidió que se casaran. Había descubierto, más allá de su cara bonita, que Piruja era una persona amable y de gran corazón.

La boda fue celebrada con un gran banquete en medio de la bellísima arboleda, que para ese entonces se había llenado nuevamente de vida y  color. Los pájaros volvieron a hacer sus nidos en las copas de los pinos y los robles,  los demás animales a circular a sus anchas a toda hora y por todos lados. La fiesta fue un éxito, especialmente si tenemos en cuenta los escasos recursos con que contaba el autor. Ya que mientras él escribía este cuento se cuenteaban no se cuántos centenares de bodas más. Hasta en la literatura infantil esto de casarse con  gran pompa está de moda.  Ni que decir cuando se trata de un príncipe y una bruja buena.

Les relato algunos detalles de puro chismoso y espero sepan mantener el secreto: la comida fue de utilería porque el catering era carísimo así que decidí aprovechar los restos del famoso cuento “Al diablo con la ensalada” en que los protagonistas se tiraban por la cabeza tomates, lechugas, repollos, zanahoria rallada y no sé cuántas verduras más todas de unos colores maravillosos y muy decorativas; el vestido de Piruja se confeccionó con un viejo mantel bordado que había pertenecido a la abuela del Príncipe Orlando; como el Príncipe era hijo único y Piruja tenía pocas amigas el autor contrató a unos cuantos extras del cuento “Terremoto en Pekín” que en un principio aceptaron gustosos para salvarse del temblor, pero cuando se enteraron de que la comida era de plástico armaron un escándalo chino. La cosa se solucionó gracias a ochenta kilos de arroz que nunca llegaron a la cabeza de unos novios cuyo cuento había quedado sin terminar.

¡Momento! No quiero que se lleven una mala imagen de mí. Que el presupuesto sea bajo no quiere decir que no se pueda escribir una historia como Dios manda. ¡Ho! Así que les aseguro y doy fe de que los novios se querían. Además, el sacerdote que los casó era primo mío… pero sacerdote al fin. ¡Ah!, y los anillos eran verdaderos. ¡Faltaría más! ¿Por quién me han tomado?

En cuanto a Cornelia,  hermanastra de la flamante Princesa Piruja, se convirtió en una bruja buena y responsable. Y además de salvarse de terminar en la panza de las gallinas-buitres le pidió al Príncipe Orlando que la contratara como guardabosque real,  encargada  de proteger y defender el bosque y todos sus habitantes de quienes no respetan la naturaleza. Vamos, que para algo seguía teniendo sus poderes de bruja.

EL PUNTO PASEANDERO

Érase una vez un joven punto que se escapaba por las noches para visitar a  la señorita coma que vivía en  el estante más alto de la biblioteca. Esta aventura no habría terminado en escándalo si nuestro punto hubiese sido un punto seguido o un punto y aparte. Pero era un punto final, encargado de cuidar que las letras no se escaparan del cuento y que se mantuvieran prolijamente en fila, una detrás de la otra como las había escrito el autor.   El autor del cuento, con justa razón, estaba muy preocupado.

Cada vez que se largaba a visitar a la señorita coma, el punto -con más espíritu de aventura que un pirata, pero poco sentido de la responsabilidad- descuidaba su trabajo y las letras más atrevidas aprovechaban para salir de farra quedando el cuento incompleto y desordenado. ¡Un verdadero desastre! Ni qué hablar de las más despistadas que se perdían entre las páginas de los libros o se quedaban de visita instalándose en el renglón de algún familiar. En fin, un papelón para el escritor y una gran decepción para los lectores desprevenidos a quienes el autor mostraba sus cuentos. Lo cierto es que, en un primer momento, y gracias al espíritu solidario de algunas consonantes y vocales que permanecían en sus respectivos renglones, estirándose y enganchándose unas con otras para cubrir los espacios vacíos, los chicos se esforzaban en la lectura. Pero bastaba ponerse los anteojos o prestar un poco más de atención, para darse cuenta de que el cuento estaba repleto de palabras extrañas y frases estrafalarias,  y los lectores corrían el riego de volverse completamente chiflados tratando de entender la historia.

Una noche, el autor, cansado de los dolores de cabeza que le traía el punto final con sus correrías,  permaneció escondido detrás de uno de los sillones de su escritorio.

Fue así que cuando nuestro punto,  bien perfumado y ya listo para salir, tomó carrera para saltar fuera de la página, el autor le puso una mano por delante y ¡Zas! rebotó contra la palma quedando despatarrado a escasos centímetros del margen cual si fuera una vulgar mancha ¡Y eso no fue todo! Lo peor es que  por el camino perdió sus polainas rojas y un guante blanco!

-¡Alto! -dijo el autor  con cara de enojado-. Esto no puede seguir así.      ¿Quién te ha dado permiso para escaparte? Mientras vos te vas de paseo mi cuento se transforma en una sopa de letras y día tras día tengo que  reescribirlo. Es más, este cuento ya no tiene nada que ver con el original.

-¡Bueno, bueno, che,  está bien, pero aflojá un poco!

-¡No señor, de ninguna manera! Se terminaron las escapaditas nocturnas  a ver si aprendés a ser un poco más responsable, porque gracias a tu mal ejemplo hay un montón de  “o” que te siguen rodando por todos lados  arrastrando a su paso una que otra “u” que se les queda enganchada. Te imaginarás que, si de cinco vocales se me pierden dos, a este cuento no hay quién lo escriba. Ni que hablar de las “s” que se entretienen pluralizando sustantivos de otros cuentos y de las “r” que andan buscando alguna gemela para cotorrear,  o de las “m” que cuando llega la hora de salir de fiesta no hay quien las pare con sus tres pies –agregó el autor enfocando al rebelde con una lupa para poder apreciar de cerca el efecto que producían sus palabras.

-¡Pero, che! ¡No es para tanto! -reaccionó el punto indignado mientras se recuperaba del golpe-. Y te agradecería que no volvieras a meterme tu manota por delante cuando estoy haciendo ejercicio. ¡Sos más peligroso que un secante, de esos que se usaban hace mil años! Además, mirá como me dejaste: despeinado y medio desnudo -observó levantando el tono de voz, mientras miraba a su alrededor buscando la ropa que le faltaba.

-De acuerdo, disculpáme si te lastimé. No fue mi intención hacerte daño. Prometo no volver a hacerlo; pero vos me vas a tener que prometer que no te vas a volver a  escapar -dijo el autor frunciendo el ceño-.  Supongo que esto es tuyo –agregó  pescando con una pinza de cejas las polainas y el guante que colgaban del último renglón.

El punto se volvió a calzar las polainas, se puso el  guante, y recién entonces se animó a explicar.

-Mirá, es que… en realidad… en tu cuento me aburro. Como soy el último, el del final, estoy muy solo. No me he hecho ningún amigo… –y el punto suspiró.

-Bueno, hubiéramos empezado por ahí. Es lógico, la soledad no es buena para nadie pero se me ocurre una idea. Yo no sé si te habrás fijado en ellas, pero en el primer párrafo hay un par de comas de cola larga y enroscada que no están nada mal. Yo no tendría inconveniente en agregar un punto y así vos cada tanto, sin armar mucho alboroto,  intercambiás tu lugar con ese punto y conocés más de cerca a la coma   ganchuda –propuso el autor.

-Para comas ya tengo a mi amiga Lucre que vive allá arriba en la primera página de  Peter Pan -puntualizó el punto-. Fijate si será importante que es la primera  que aparece en el cuento y, francamente, si hablamos de colas  elegantes y ganchudas para que te voy a contar…  No sé, cuando ella me abraza pierdo la cabeza. Así de simple. Eso sí, es toda una señora muy de su renglón y no le gusta andar dando vueltas  por la biblioteca; prefiere que yo la vaya a visitar. Será por el qué dirán, pero como además… –el punto se refregaba las manos enguantadas. Es que no quería ofender al autor.

-¿Pero además qué? –preguntó el autor intrigado.

-Es que además, justamente, ese cuento: “Peter Pan”, donde vive Lucre,  está lleno de niños chismosos volando de aquí para allá y con ellos hay que tener mucho cuidado.

-Bueno, muy bien –dijo el autor que comenzaba a cansarse de la falta de colaboración del punto final, de SU punto final-. Descartemos las comas. ¿Qué te parece si te presento a uno de los puntos más divertidos que tiene el cuento?  Justamente es el que se encuentra ubicado después de las risotadas de  Kiko, el protagonista. Si vos querés, yo haría un esfuerzo y pondría en su lugar dos puntos, una que otra modificación del texto y seguro que compartiendo el renglón, aunque más no sea por un tiempo, se hacen buenos amigos. ¿De acuerdo?

-No te ofendas pero la verdad es que no me interesa en lo más mínimo. ¡Ese punto es un prepotente y como está cerca de Kiko se cree que es el punto más importante de todo el cuento! -protestó  nuestro punto juntando las cejas. ¡Es que, en este cuento, yo me siento más solo que una ostra! –y se cruzó de brazos-. ¡Punto y basta, he dicho!

Pero el autor ya estaba harto de tanta falta de cooperación.

-¡Mirá, puntito lindo!, sos tan complicado, pero tan complicado, que no me va a quedar más remedio que ponerme firme y transformarte en un vulgar punto y seguido. Vamos a ver cómo te las arreglás con la mayúscula que te toque delante. Esas sí que suelen ser bravuconas. Y si todavía te quedan ganas de hacerte el loquito te meto entre paréntesis, te mando a pie de página y se terminó la historia. Ya encontraré algún punto y aparte que estará más que contento de ser ascendido a punto final –concluyó.               

Ante semejante advertencia, con dedo levantado y todo, nuestro pobre punto se puso pálido, comenzó a perder tinta y a teñir de negro su ropa nueva. Se sentía agobiado con tanta responsabilidad. Tan jovencito y con toda una biblioteca por recorrer obligado a permanecer siempre  alerta y vigilante, como corresponde a un Señor Punto Final.

-Lo único que falta -dijo entre sollozos-, es que me pongas la palabra FIN debajo para que no pueda ni siquiera asomarme al borde de la página. ¡Vamos! ¡Adelante! ¡Qué más da! poné un FIN. Total, todos sabemos cómo terminan las letras y signos paseanderos cuando esa palabrita se enoja.

-¡Calmáte! No pensaba llegar a tanto. Mirá, se me acaba de ocurrir una idea que estoy seguro te va a gustar. Ya que mi cuento te resulta, digamos, un tanto antipático; te propongo que a partir de este preciso momento seas el punto final de tu propio cuento, yo ya veré cómo me las arreglo. Necesito de tu colaboración y estoy seguro que vos lo vas a hacer muy bien –concluyó el autor.

-¿De qué cuento me estás hablando? –preguntó el punto hinchado de orgullo y sin ocultar su entusiasmo.

-¡Pues de este mismísimo cuento! Esta es TU historia. Vos sos el protagonista. Eso sí –aclaró el autor-, si volvés nuevamente a las andadas adiós cuento porque yo no lo vuelvo a escribir y te quedás sin el pan y sin la torta.

-¡Gracias! Me parece una muy buena idea.

Y pegando un saltito ¡Plaf! se acomodó al final de esta historia, así como lo ven, de lo más orondo y satisfecho. Y esperemos que esta vez sea para siempre.